Nuestra Santa Madre Juana Francisca fue la más activa colaboradora de San Francisco de Sales en la fundación de la Orden de la Visitación.   Nació en Dijon, Francia, el 23 de enero de 1572. Era hija del Presidente del Parlamento de esa región, el Sr. Frémiot, hombre muy distinguido y apreciado. Su madre murió cuando la niña tenía apenas 18 meses, y toda su educación quedó a cargo de su padre, el cual supo forjar en ella una gran personalidad. 

En 1592, al cumplir Juana sus 20 años, se casó con el Barón de Chantal, un aguerrido militar que poseía un castillo cerca al de la familia de la joven. En adelante ella se llamará la Señora de Chantal. Su matrimonio transcurrió felizmente por nueve años, y tuvieron seis hijos de los cuales dos murieron prematuramente. En 1601 un accidente, que le costó la vida al Barón de Chantal, cambió el rumbo de su existencia. Su esposo salió de cacería y uno de sus compañeros, de modo fortuito, disparó el arma y lo hirió mortalmente. Ya moribundo el Sr. Chantal hizo jurar a Juana que no tomaría ninguna venganza contra el que lo había herido, y así murió santamente. Ella quedaba viuda con sólo 29 años y con cuatro hijos pequeños. Fue después madrina de los hijos del que había matado a su marido, y para demostrar que perdonaba totalmente lo sucedido, ayudó siempre a esa familia. 

  Por dos años le pidió a Nuestro Señor la gracia de encontrar un director espiritual, que la encaminara hacia la santidad. Un día, cabalgando ella por los bosques de su castillo, Dios le mostró en una visión a un obispo alto y venerable, y oyó una voz que le decía: «Ese es». Ella no lo había visto nunca antes.

    

En el año 1604, San Francisco de Sales fue a la ciudad de Dijon a predicar la Cuaresma, y Juana asistió a sus sermones, y en cuanto lo vio la primera vez, se dio cuenta de que este era el guía, que le había sido mostrado en la visión.    Por su parte, San Francisco fijó su atención en una señora vestida de riguroso luto, que escuchaba muy atentamente su sermón. Al terminar la predicación le preguntó al Sr. Arzobispo quién era esa señora.- «Es mi hermana - le dijo el prelado - y mañana se la presentaré». Al día siguiente llevó a su hermana Juana Francisca a conocerlo. 

San Francisco de Sales había preparado con muchos años de oración y de reflexión la fundación de una nueva congregación religiosa. El santo obispo encontró en Juana Francisca la mujer ideal para dar inicio a esta obra de Dios.   Las llamó Hermanas de la Visitación de Santa María.  Así, en 1610, los dos santos emprendieron la fundación de esta nueva Congregación que tanta gloria daría al Corazón de Jesús. Esta comunidad tenía la particularidad de que recibía personas de salud débil, y aun de edad avanzada, con tal de que tuvieran un espíritu sano y bien dispuesto a vivir en una profunda humildad, obediencia y dulzura.

San Francisco de Sales definía y sintetizaba la santidad de nuestra Fundadora con esta hermosa frase: “Un corazón fuerte que ama y quiere vigorosamente”. En efecto, el suyo fue un corazón ardiente que supo amar hasta el extremo. El Cardenal de Bérulle dijo de ella: “El corazón de esta señora es un altar, donde el fuego del amor no se extingue y será tan vehemente que no sólo consumirá los sacrificios, sino el altar mismo”.

 

Fue una gran contemplativa, formada en la escuela de San Francisco de Sales, y, por su fidelidad a la acción de la gracia, fue una gran maestra de oración para sus hijas, llegando a descubrir por propia experiencia que la oración “de simple entrega”, “de total abandono en Dios” o de “simple mirada y reposo en Dios” era el camino por el cual el Señor se complacía en llevar a las visitandinas. La vía mística por la que el Espíritu condujo su alma conoció tiempos muy prolongados de intensas purificaciones. Un día recibe en una comunicación sobrenatural la revelación de la espiritualidad del así llamado “martirio del amor”, al cual Dios destina a todas aquellas de sus hijas que, fieles al amor, se entregan sin reservas a la acción del fuego consumidor del Amor Divino.

“Cierto día Juana Francisca dijo estas encendidas palabras que fueron enseguida recogidas fielmente: Hijas queridísima, muchos de nuestros santos Padres y columnas de la Iglesia, no sufrieron el martirio: ¿por qué creéis que ocurrió esto? Pues yo creo que esto se debía a que hay otro martirio, el del amor, con el cual Dios, manteniendo la vida de sus siervos para que sigan trabajando por su gloria, les hace al mismo tiempo mártires y confesores. Creo que a las Hijas de la Visitación se les asigna este martirio y algunas de ellas, si Dios así lo dispone, lo conseguirán, si lo desean ardientemente. El amor divino hunde su espada en los reductos más secretos e íntimos de nuetras almas y llega a separarnos de nosotros mismos.”

Cuando San Francisco de Sales murió, San Vicente de Paul se encargó de la dirección espiritual de Juana y de sus religiosas, y este santo dejó de ella el siguiente retrato espiritual: «Era una mujer de gran fe y, sin embargo, tuvo tentaciones contra la fe toda su vida.  

Irradiaba siempre la paz y la tranquilidad del espíritu, pero en su interior sufría terribles pruebas, fuertes tentaciones de fe y una gran sequedad espiritual . La vista de su propia alma la atormentaba. Pero en medio de tan grandes sufrimientos jamás perdió la serenidad y el buen ánimo, y todo lo hacía por amor a Dios y por la salvación de las almas. Por eso la considero como una de las almas más santas que haya habido sobre la tierra». Magnífico elogio hecho por un gran santo, acerca de una santa admirable.

  

En 1641 había ya 87 monasterios de la Orden esparcidos en varios países. Tenía 69 años. Le había dicho a Nuestro Señor: «Puedes destruir y cortar y quemar todo lo que en mí y en mi vida te parezca que es necesario sacrificar para cooperar a la extensión de tu reino».    Y Dios le había aceptado su generoso ofrecimiento. Después de tanto trabajar y sacrificarse por la salvación de las almas, expiró santamente el 13 de diciembre de ese mismo año, 1641. El Papa Clemente XIII la declaró santa en 1767.